Panamá produce campeones mundiales desde hace casi un siglo. Lo que todavía no ha construido es la infraestructura jurídica para quedarse con el valor que esos campeones generan.
Panamá Al Brown fue el primer campeón mundial latinoamericano. Después vinieron Ismael Laguna, Roberto Durán, Eusebio Pedroza. Para un país de nuestro tamaño, esa densidad de campeones no tiene comparación en la región. Pero el patrón se repite: el atleta es panameño y la pelea se televisa desde otro país, el promotor opera desde otra jurisdicción, el patrocinador firma en otra plaza, y el derecho de transmisión se negocia bajo una ley que no es la nuestra. El talento se exporta. El negocio se queda afuera.
Las condiciones para invertir ese patrón ya existen, y no son deportivas — son logísticas y jurídicas. Panamá opera en dólares, sin la fricción cambiaria que complica cualquier contrato de patrocinio internacional. Está en UTC-5 y no cambia de horario, de modo que un evento en horario estelar panameño lo es simultáneamente para el mercado norteamericano y para buena parte de Latinoamérica. Tocumen conecta el continente en vuelos directos, lo que importa cuando hay que mover equipos de producción, comisionados y prensa en ventanas de cuarenta y ocho horas. Y existe ya una infraestructura corporativa y bancaria construida para operaciones internacionales. Son exactamente las mismas razones por las que las multinacionales instalan aquí sus sedes regionales.
Lo que falta no es un estadio. Es el andamiaje contractual que convierte un evento en un activo. Quién es titular de la señal y cómo se fracciona por territorio. Cómo se separan las ventanas de televisión abierta, cable y streaming sin canibalizarse. Qué pasa con los derechos de imagen de los atletas visitantes durante los días que están en el país. Cómo se trata fiscalmente el ingreso que un atleta no residente genera en Panamá, y qué convenio de doble imposición aplica según su nacionalidad. Bajo qué régimen migratorio entra un equipo de producción de sesenta personas por una semana. Y cómo se acredita todo eso ante el organismo sancionador, que tiene su propio reglamento y no lo flexibiliza.
Desde mi posición en el Consejo Mundial de Boxeo he visto cómo se decide dónde se hace una pelea. No se decide por la capacidad del recinto. Se decide por si los organizadores pueden garantizar, en un contrato que resista, las condiciones del combate: la bolsa en garantía, los protocolos médicos, el control antidopaje, la cadena de custodia de las decisiones arbitrales, y una cláusula de resolución de disputas que ambas partes acepten de antemano. Una sede que no puede documentar eso no pierde la pelea en la negociación. La pierde antes, cuando ni siquiera la consideran.
Ese trabajo se hace con anticipación y se hace una sola vez. La arquitectura contractual de un evento internacional es reutilizable: se estructura bien la primera vez y las siguientes se construyen encima. Es lo mismo que ocurrió con el registro naval — Panamá no domina la marina mercante global por accidente geográfico, sino porque construyó, hace décadas, la infraestructura jurídica que hacía falta y después la mantuvo. El deporte admite la misma lógica.
Para eso existe el Departamento Internacional de Negocios Deportivos de la firma. Si usted está evaluando traer un evento internacional a Panamá, estructurar derechos de transmisión, o negociar un acuerdo de patrocinio que cruce fronteras, el punto de partida no es el recinto. Es el contrato.